La niña

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La niña me mira, se aleja, me observa con detenimiento y después me toca. Me abraza y me dice lo mucho que me quiere, me aprieta entre sus bracitos tiernos con demasiado afán, casi no me deja ni respirar, me gustaría hacer lo mismo y corresponderle con otro abrazo. ¿Pero cómo le explico que los perros no tenemos brazos?

El títere

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Se acerca, me mira, me hace mover la mano derecha, la izquierda, girar la cabeza, colocarme bien la ropa para después irse y dejarme solo en este cubículo. Así, día tras día, en una rutina aplastante, siendo su títere, manejado a su antojo, como un muñeco de trapo, sin alma y sin futuro, viendo pasar los años sin poder evitarlo. ¡Qué duro es ser el reflejo del espejo!

¡¡¡Alerta!!!

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Me despierto sudoroso, el calor es insoportable, ni siquiera el aire acondicionado puede hacer milagros, los cristales de la ventana están casi ardiendo. Enciendo la televisión y me asustan los datos, las temperaturas suben, alerta naranja, alerta roja,¡alerta! ¡alerta! ¡alerta!

Temperaturas récord, el sol golpea con inusitada fuerza, está más activo que nunca, los rayos penetran en la piel achicharrándola, los árboles apenas pueden mantenerse con semejante calor. En resumen, lo que suele pasar en un verano cualquiera.

La piedra

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La miré, primero de reojo, luego ya frente a frente, le dirigí unas palabras, luego mis más candentes versos de amor, más tarde el sermón de la montaña, pero ella permaneció inalterable y fría, comprendí entonces que… una piedra no es una buena interlocutora.