Se acerca, me mira, me hace mover la mano derecha, la izquierda, girar la cabeza, colocarme bien la ropa para después irse y dejarme solo en este cubículo. Así, día tras día, en una rutina aplastante, siendo su títere, manejado a su antojo, como un muñeco de trapo, sin alma y sin futuro, viendo pasar los años sin poder evitarlo. ¡Qué duro es ser el reflejo del espejo!

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