Desde hace ya unas semanas, sobre todo a partir de mi implicación en el movimiento 15M, se me ha tachado de prepotente y de querer tener siempre la razón. Quiero en este escrito hacer una reflexión al respecto y dar, al menos, mi punto de vista y tratar de defenderme de tales acusaciones.

¿Creo saber de todo?
No, en absoluto. Al contrario, creo que sé de muy pocas cosas en concreto, abarco muchas disciplinas pero prácticamente en ninguna tengo un nivel de conocimientos suficiente como para considerarme un ilustrado en la materia. Si acaso tengo cierto nivelillo en la fotografía y en la psicología humana .

¿Por qué opino de todo?
Lo primero sería decir que no opino de todo y me remito a dos ejemplos reales de dos personas que conozco y que podrán verificar si es verdad o mentira. Adriana es profesora de inglés y periodista (editora de este blog) y yo nunca cuestiono nada respecto al inglés o a su edición de mi textos en este blog. Roi es número 1 en el ranking de Navarra de ajedrecistas. Jamás me he atrevido a comentar nada sobre ajedrez con él , si acaso alguna tontería sin calado. No me atrevería, ya que me siento un auténtico analfabeto al respecto. Solo opino de lo que sé o creo saber con cierta certeza. Si alguien se molestase en investigar sobre mis opiniones se darían cuenta de que no son ideas creadas en mi mente, sino normalmente conceptos que están documentados y analizados con anterioridad.

Entonces, cuando opino, ¿por qué lo hago con esa suficiencia?
Mientras la persona con quien departo no sepa demostrarme con argumentos empíricos lo que está defendiendo, yo no puedo bajarme de mis ideas. Un ejemplo consiste en preguntar/se ¿por qué?  Normalmente la gente no suele dar argumentos basados en hechos o datos empíricos, suelen basarse más en su percepción personal y no en lo que está demostrado. Admito que a veces me dejo llevar por el entusiasmo y me cuesta hacerme entender.

¿No puedes evitar defender tus ideas de una manera menos agresiva? 
En este caso me cuesta mucho hacerlo, partiendo de la base de que en muchos casos son detalles importantes y de profundo calado. El ejemplo sería el del niño que corre en dirección a la carretera a lo que el padre lo ve y le advierte “No vayas hacia la carretera”, pero el niño sigue y el padre vuelve a advertirle de manera más alterada “¡Que no te vayas hacia la carretera!”, a lo que el niño continúa sin hacer caso. En este instante el padre actúa por instinto y, corriendo, coge al niño gritando desaforadamente, con voz autoritaria y alterado, a la vez que asustado. Es cuando yo me altero también, cuando veo que la persona no escucha y se dirige a un precipicio sin hacerme caso.

¿No puedes dejar esa actitud paternalista?
¿Sinceramente? ¡Me cuesta horrores! Porque si algo o alguien me importa me preocupo por esa persona incluso más que por mí mismo y trato de advertirle de mil maneras. También he aprendido que no hay más ciego o sordo que el no quiere ver u oír, pero me cuesta no tratar de intervenir en las vidas de las personas que me importan, lo cual puede ser tomado como un ataque antes que como una ayuda, entristeciéndome aún más.

¿No puedo evitar hacer de adivino y darme cuenta de que cada persona es un mundo?
A esta pregunta respondería con otra: ¿cómo puede una empresa vender un producto a millones de personas si todos somos diferentes?Negar que los seres humanos, seamos de donde seamos, compartimos un porcentaje de rasgos en común, lo que nos hace poder ser catalogados, es como negar que la mayoría de las melenas de león se parecen. Son leones, por fuerza deben parecerse en prácticamente todo. Para los que niegan este hecho les diré que incluso existe una ciencia que estudia estos rasgos en común: la Sociología.

¿No te das cuenta de tu prepotencia?
Me doy cuenta de que no soy una persona segura, que tengo miedos y que muchas veces trato de imponer mi criterio porque lo considero el más adecuado. ¿Prepotente? No trato de subyugar a nadie. Si alguien no acepta mi opinión y termina haciendo lo que quiere no me ofendo, me preocupo, pero nunca trato a los demás como estúpidos, solo que a veces me ofende la incapacidad de ciertas personas para escuchar y aprender. Uno de los rasgos del prepotente es no aceptar la autocrítica, pero de todas las personas que conocemos, ¿cuántas la aceptan sin sentirse molestos? Yo me molesto como todos, pero las personas que me conocen saben que escucho, pienso y medito muy seriamente al respecto, intentando cambiar lo que puedo y en la medida que me es posible.

UN PREPOTENTE: No tiene capacidad para la autocrítica (yo sí, me cuesta como a todos oír verdades, pero la tengo, si no no escribiría esto, por ejemplo), porque no ha podido o no ha avanzado en su desarrollo psíquico. Necesita quedar por encima del resto (como ya he dicho antes, no me considero por encima de nadie en casi ningún aspecto), demostrando que es el más poderoso, se llega a creer que nunca falla (suelo fallar bastante en muchas cosas, en otras no tanto y cuando no fallo en algo lo digo. ¿Es eso ser prepotente?). No se conoce bien a sí mismo (me conozco mejor de lo que me gustaría y muchas veces no me gusta lo que veo), porque tiene una parte débil que no acepta que acaba poniendo todo lo que considera malo a los demás. No acepta la responsabilidad de sus errores porque se siente culpable de no llegar a ser perfecto (precisamente es uno de mis defectos, acepto demasiado mi responsabilidad, haciéndome responsable incluso de lo que no es culpa mía). Todo sentimiento de culpa hace bajar la autoestima (así tengo yo la mía algunos días, por los suelos). Se asusta de las diferencias y tiene rasgos misóginos, racistas y dictatoriales (nada más alejado de mi carácter, me gusta trabajar en equipo, aportando cada uno sus virtudes).

En resumen, tengo muchos fallos, unos modales que para muchos pueden resultar duros, una seguridad en ciertos temas que puede resultar molesta, pero nunca he pretendido hacer de la gente un grupo de seguidores de mis doctrinas. En el 15M quedó claro que no me gusta ser el líder de nada, solo dar mi punto de vista. Lo triste es que cuando das un punto de vista que no gusta y lo defiendes con seguridad, la gente se siente ofendida y te tachan de prepotente. No me considero más que nadie, pero sí me considero muy inteligente en algunos aspectos puntuales y si lo soy no veo porque no usar esos conocimientos para que la gente aprenda algo (¡ojalá la gente hiciera lo mismo conmigo!). Pero claro, vivimos en un mundo en el que cada cual mira tanto a su propio ombligo que al que da consejos de buena fe lo tachan de sabelotodo. Hoy en día a Buda o a Jesús les habrían tachado de prepotentes –¿quién eres tú para decirme cómo he de vivir la vida o cómo he de llegar al cielo?-, les dirían -y que nadie piense que me pongo a su altura-, que no están acostumbrados a escuchar con tanto ruido de fondo, solo escuchan a los que resaltan por algo, si no eres famoso por algo, tu voz no cuenta. Si Nadal, Gasol, Casillas, Messi o Alonso les recomiendan un coche, un banco, un reloj, unas zapatillas o unos seguros se lo compran; si lo digo yo, no tengo ni puta idea (estos son mis modos directos que tan poco gustan, pero es lo que siento).

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